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Un comerciante narra cómo un grupo de sujetos armados lo privó de su libertad

Un comerciante narra cómo un grupo de sujetos armados lo privó de su libertad, lo torturó por simple diversión, exigió un pago a su familia, y posteriormente lo dejó en libertad en medio de un terreno baldío.

Las cintas aprietan tanto que mis manos se hinchan como tamales. Hace horas que no siento el cuerpo. Estoy entumido y la ansiedad por estirar mis piernas es tan insoportable que prefiero ocupar mi mente en otra cosa. Muevo los ojos y el panorama no cambia. Una cobija vuelve imposible cualquier intención de ver un poquito más lejos. Está oscuro y lleno de sombras. La piel me suda como nunca. Transpiro tanto que mi rostro se vuelve una maraña incómoda de pelos pegados. No aguanto más, pero tampoco quiero quejarme. Cualquier cosa menos tentar a mis secuestradores para que me vuelvan a pegar. Respiro una vez. Aspiro y exhalo como si el aire rancio de la cajuela fuese el de una playa soñada. Me relajo y vuelvo a repasar mentalmente los hechos que me trajeron a este agujero.
Hace apenas ocho días mi vida era como la de cualquier comerciante regiomontano. Levantarme a las cinco, ir al mercado y comprar lo básico para arrancar el negocio. Inicié con mi tortillería propia hace diez años y todavía hoy la trabajo de sol a sol. “Una chinga”, como dicen. Pero así es, hay que jalar porque hay que jalar.
Y saliendo de la chamba me llegaron estos cabrones. Después de bajar la cortina de metal iba para mi carro y en la esquina apareció un camionetón con los cañones de los fusiles asomando por las ventanas. Apreté el paso y agaché la cabeza con la esperanza de que siguieran de largo. Ni lana tenía encima y mucho menos algún motivo más grave de qué preocuparme. Pero no. Las llantas rechinaron y pasó lo peor. “¿Por qué tan apurado, güey? Súbete calladito y sin peros… ¡Ándale! Ya te cargó el payaso por andar de chingoncito en nuestra plaza”, me grita un adolescente con ojos excitados. “Tranquilos, se confundieron, yo qué…”, intenté responder cuando un culatazo me nubló la vista. “Arriba, puños. Siéntate entre nosotros dos y baja la cabeza, si la subes, te la vuelo sin pensarlo”. Segundos después avanzábamos por Churubusco a una velocidad que me parecía imposible. Y no por lo rápido, sino por la extraña combinación que la agilidad del conductor y falta de ‘altos’ le ponía al momento. “Libre por la derecha. A fondo hasta la avenida. No hay ‘verdes’ hasta que lleguen a destino”, avisaba una voz que sonaba en el nextel del copiloto, quien luego respondía con monocordes: “Copiado”. Los semáforos estaban pintados y los tránsitos parecían siluetas de hielo seco. Si un auto nos frenaba, alguno de los delincuentes se bajaba de la camioneta y apuntaba con el fusil al conductor hasta que abría el paso.
“Amárrenlo y déjenlo en el fondo. A los de ‘la contra’ los quiere ver el jefe más tarde”, fueron las primeras palabras coherentes que escuché, pero que me llenaron de un miedo que calentó mi cuerpo. Caía la tarde y el portón de la cochera sonó a cadenas viejas. Estaba en un cuarto con varias personas más, pero apenas si distinguía algo. La cinta canela lastimaba mis ojos y el tiempo empezaba a jugar en mi contra. Estaba confundido y lleno de dudas. ¿Por qué me habían levantado? “Padre nuestro que estás en los cielos…”, rezaba alguien. “Nos van a matar…”, gemía otro, y los golpes no tardaban en llegar. Cada queja era como gasolina para el ánimo de los captores. Se prendían con cada súplica que escuchaban, y si les decías que te apretaban los amarres, te los ajustaban más y se reían viendo la piel desgarrada.
Horas después la cosa estaba peor. Eran cuatro chavos los que nos vigilaban entre nubes de mariguana y cocaína en piedra. Deliraban tanto que su juego era forzarnos hasta que nos desmayáramos. Iban de uno en uno. Primero calentaban las puntas de las cuernos de chivo y dibujaban figuras sobre nuestras espaldas hasta que la piel se achicharraba de quemada. Eso nunca lo olvidaré; dolía como el mismo infierno y era horrible escuchar los gritos de la persona de al lado sabiendo que el siguiente era yo. Toda la madrugada fue lo mismo. Unos que hacían de buenos y siempre el más mariguano que nos golpeaba hasta que por fin se quedó dormido. Ya despiertos, la primera meada matinal fue en nuestras caras. Tampoco podías quejarte; sólo cabía cerrar los ojos y esperar a que pasara la pesadilla.
Dejo los recuerdos y mi mente vuelve a la cajuela del carro. Otra vez el calor me come los sentidos. Estoy harto de pensar opciones para mi futuro. Quiero que me suelten y abrazar fuerte a mis hijos. Ya pasó más de una semana desde la equivocación que cometieron los narcos conmigo. “Tú no eras el que buscábamos. Pero bueno, como ésta es una guerra que también hay que financiar, te voy a pedir que de tu negocio saques 100 bolas. Danos el teléfono de tu mujer y espero que junte la lana o te matamos de volada”, me dijeron sin remordimientos. “Tenemos 60, seguimos juntando”, les explicaría luego mi esposa usando una técnica policial para no darles al instante lo que pedían y prevenir que no exigiesen más del total acordado.


Ocho días amarrado en el fondo

Le dicen-"Arriba, puños. Siéntate entre nosotros dos y baja la cabeza, si la subes, te la vuelo sin pensarlo"



Escucho la llave y el aire fresco del monte me devuelve la vida. “Arrodíllate, güey; ya estás muerto”, dicen entre carcajadas mientras me quitan la venda. La luz del atardecer es tenue, pero mis ojos lloran por la irritación. Varias siluetas frente a mí se trasforman en la peor imagen que pudiese haber esperado. Tres hombres con chalecos antibalas, cinturones con granadas y rifles negros (ni idea del modelo) me apuntaban al rostro. Parecían soldados listos para la batalla, combatientes de una guerra, de ésas que se ven en la tele. “Córrele, eres libre. Pero apúrate, cabrón, antes de que nos arrepintamos”, fue lo último que escuché antes de volar descalzo a través de un terreno baldío lleno de basura y escombros. Minutos después aparecería mi esposa, llorando, y con un ataque de pánico luego de pagar el rescate a 200 metros de ese lugar.
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